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La píldora 

28-Ene-2004

A nadie debe extrañar que una vez más la Iglesia y el Estado hayan subido a la palestra para dirimir una cuestión controversial en la que sus posiciones resultan opuestas; este tipo de confrontaciones existirán siempre en virtud de los fines que ambos mundos, el de Dios y el del César, ofrecen al ser humano.

  • Hoy, en nuestro país, la polémica gira en torno de la así llamada píldora de emergencia, una pastilla abortiva o cuando menos anticonceptiva. Es claro que en ambos fines, y más en el primero, su uso choca frontalmente con la moral católica, con su principio de la defensa de la vida humana desde el momento de la concepción.

  • Pero antes de continuar el análisis conviene salir al paso de dos puntos de vista engañosos. Uno es el de aquellos que se montan a lomos de "lo científico" y desde allí pontifican contra cualquier consideración moral. En esta cómoda posición se han instalado nuestros funcionarios públicos.

  •  El segundo se le asemeja: es el de una cierta "intelectualidad" perezosa y mezquina que reduce cualquier expresión de la moral católica a integrismo y fundamentalismo. Los "intelectuales" de este rango, cuyo máximo exponente suele ser el escritor Carlos Monsiváis, despachan aceleradamente la cuestión católica con un simple calificativo.

  • Me parece que el Estado debe contar con la libertad suficiente para procurar el correcto ejercicio de los derechos humanos, pero siempre sobre la plataforma de la verdad; ésta exige que la ciudadanía sea perfectamente informada acerca de la naturaleza y de los efectos reales del consumo dede emergencia.

  •  En la misma lógica de libertad, y dentro de un régimen democrático, la Iglesia debe contar con la plena oportunidad de exponer su posición ante la sociedad, frente a su pueblo, aunque ello implique una desavenencia con el Estado y con ciertos grupos sociales, hostiles a su moral.

  •  En resumen, me parece que el Estado está obligado a proporcionar a sus ciudadanos los satisfactores materiales que considere oportunos partiendo de un plano de objetividad y de verdad, sin engaños, advirtiendo de la responsabilidad en que cada ciudadano puede incurrir bajo su propia decisión.

  •  A la Iglesia católica le corresponde el derecho de advertir a sus fieles y al Estado mismo sobre la moralidad de ciertas políticas públicas o de ciertos actos. Y esto nada tiene de fundamentalismo o integrismo. Por el contrario, se trata de la libertad de expresión de una doctrina que merece ser escuchada, que quiere alertar a la humanidad ante el peligro de que la invada, aún más, una concepción puramente hedonística, egoísta, de la vida.

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