Nos terminamos el petróleo. Por eso los precios por barril no van hacia abajo. Es más, seguirán elevándose. No nos sorprendamos si eventualmente cada unidad se cotiza en 200 dólares. Una locura, ciertamente, pero nada alejado de la realidad a la que nos acercamos, pues el fenómeno es mundial.
Como el mercado de petróleo es eficiente, los precios se ajustan cada minuto con la oferta, la demanda y las expectativas futuras sobre la producción energética global. Eso no lo pueden controlar las ideologías políticas de las naciones en lo individual ni los partidos que las componen. Si una nación abandona el concierto petrolero, queda fuera y punto. Nadie se alarma, más que los habitantes del país mismo, quienes verán el precio de sus energéticos elevarse.
Un fenómeno desafortunado ocurre en México, nación que exporta 23 mil mdd de petróleo al año "alrededor de 12% de nuestras exportaciones". Pero ya nos estamos saliendo del juego mundial. Debido a que no logramos invertir en la explotación de nuestras reservas, únicamente nos resta observar de lejos la tecnología y las patentes de las grandes compañías petroleras para explotar recursos en aguas más profundas. Tecnología que no podemos invitar debido al marco jurídico estricto que detiene la inversión privada.
La mayor papa caliente que puede recibir el gobierno futuro está en la inversión necesaria para que los hidrocarburos sean explotados. El gobierno actual ha hecho de todo para convencer diputados con el fin de que flexibilicen el marco jurídico. Ellos no lo han permitido, orillando al país al estancamiento en tres millones de barriles de producción petrolera diaria (y ante la falta de inversión esa cifra caerá a la mitad hacia el año 2010).
Las noticias empeoran cuando se incorpora el gas natural y la eléctrica en el portafolio energético del país. Sólo en un escenario de recursos prospectivos se piensa que la oferta energética satisfará la demanda hacia 2020. Pero ese escenario no está ocurriendo. Bajo las condiciones actuales nuestro país producirá ocho mil millones de pies cúbicos de gas natural cada día, cuando la demanda futura requerirá más de diez mil. Mal.
Es curioso y preocupante que cuando los legisladores hablan de los energéticos, el último individuo en su discurso es el consumidor. Prácticamente todas las argumentaciones versan sobre la nacionalidad del capital, al que se reprueba ipso facto si no es nacional. El problema es que aquí ya no hay dinero, pero sí necesidades básicas y complejas, desde gasolinas que hoy ya importamos de otros países hasta gas natural que tenemos que referir al mercado texano para determinar su precio.
